Home

Tras conocer a Carmen, una abogada colombiana contratada en su país por familiares de varios presos que se encuentran en el Cairo, y marcar fecha para ir a una sesión en el juicio, por fin he ido hoy.

Un edificio que necesita varias capas de pintura y ser reformado, controles de seguridad que nadie respeta y policías sentados dejando caer su cuerpo en la silla como si fuera un amorfo saco de patatas que cae por gravedad. Tras esperar turno en el ascensor alrededor de veinte minutos, subir al séptimo piso para ir al juicio, después descubrir que era la segunda, luego la sexta y, finalmente, en la primera planta del otro edificio, me encuentro frente a una puerta de madera muy grande, con un golpe seco se abre y veo lo siguiente:

Una habitación grande, de techos altos, lleno de humo por la cantidad de tabaco que ahí se está fumando, todo es como una sala de teatro pequeña en el sentido que hay asientos de madera (bancos), bueno, más parecido a una iglesia,  y un pasillo entre ellos. Cuesta esfuerzo caminar por el alto número de personas que hay, somos los únicos extranjeros (la colombiana abogada, un chico alemán y yo), los policías nos miran, se dan codazos entre ellos en forma de señal y empiezan a venir a nosotros pidiéndonos dinero o si no, literalmente, A LA CALLE.

Carmen, la abogada se coloca en el lado derecho de la sala, ahí se encuentra la “celda” (en realidad es una jaula), en la que están todos los presos masculinos hacinados, cada vez van trayendo más y más jóvenes esposados. Yo me quedo en los bancos de atrás de la sala, todos esperan la llegada de los jueces, el calor es insoportable, unido a los gritos de personas hablando desde los extremos del salón con sus familiares metidos en la “jaula”. La policía trae a dos chicas esposadas ente ellas, miran hacia todos lados, parecían dos niñas pequeñas en la boca del lobo, observando a todas las personas, una es colombiana y la otra venezolana, no entienden nada.  Un policía me anima a que les ofrezca agua porque están sedientas y mareadas, esta percepción de humanidad se trunca con la segunda parte de su discurso, y es simple, “si quieres darles agua, págame”. Aquí hay algo interesante, esto es un negocio, supuestamente no se puede fumar, ni comer, ni beber, pero hay vendedores ahí dentro todo el tiempo, es más,  los policías (yo diría verdugos) te dicen que hace mucho calor, te animan a que compres algo a los presos porque no aguantarán mucho tiempo ahí adentro, y cuando lo haces te dicen que les pagas o se lo beben ellos, la información es clara, sin titubeos

Bien, impacta cómo las dos presas se saludan con los chicos de la celda, uno de ellos es marido de una, las miradas entre ellos son matadoras. De repente se escucha un grito, todo el mundo se calla en un segundo, hay que ponerse en pie, entran tres jueces. Comienzan los juicios de tres minutos cada uno en el que el juez tendrá a priori su resolución de cada caso, sin escuchar a las partes (calidad democrática, sin duda).

Anuncios