Home

Ahmed tiene 16 años. Le conocí junto a un par de amigos en la interminable espera de una estación de autobuses egipcia, en pleno medio día, sin un centímetro de sombra. Él lleva unos “años” (como tres o cuatro, dice) trabajando vendiendo revistas y periódicos a los viajeros que llegan y van.

Tiene una jornada laboral que nada parece sorprender a los que tienen el poder de cambiarlo, empieza a las seis de la mañana y finaliza a las once la noche, teniendo en cuenta que tarda como una media hora en llegar hasta su casa, pues ahora toca hacer cuentas del tiempo que le queda para dormir, ocio, comer,…

Nunca fue a la escuela, pero lee y escribe en árabe, tantas horas muertas en la estación de autobuses rodeado de periódicos parecen haber provocado que encuentre en los escritos algo con lo que pasar el tiempo.

Pero bueno, hay cosas más importantes que esta historia sin importancia, y digo esto porque hay cosas más relevantes. Un ejemplo rápido que me viene a la mente es algo que me dijo el joven en una de esas charlas a lo largo de las cinco horas que duramos con él: “¡Mikhel! ¿Ves aquella mezquita de allá en la ciudad?” (a lo lejos sobresale un edificio grande, hermoso, elegante y ostentoso), tras mi afirmación comenta con orgullo y una sonrisa “fue construido para que el presidente vaya a rezar cuando visita la ciudad”.

Seguramente, la perla que ideó el proyecto está muy cotizado por las grandes universidades del mundo para impartir algún máster relacionado con la gestión de las políticas públicas, no lo dudo.

Anuncios