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Hay que vivir en el Cairo para experimentar ese sentimiento de amor vs odio que nace en el interior de cada uno respecto a esta megalópoli.
Cuando vives en ella deseas escapar de ese ritmo de vida caótico, desordenado, loco y enérgico. Pero cuando vas a su extremo opuesto, lejos del histérico asfalto, y te encuentras en lo que, en teoría, es el paraíso (como puede ser perdido en alguna de las solitarias playas de Dahab), sientes que el silencio o la tranquilidad te agobian, te preguntas cosas como ¿dónde están los gritos del vendedor de patatas? ¿y el de las guayabas? ¿los cientos de pitidos de coches por minuto? ¿y el de las activas y vivas conversaciones en cada esquina?.
Parece mentira, pero sí, es cierto, Cairo se extraña.

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