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Tendiendo sobre ciudades.

Es medío día de un viernes, día festivo en todas las regiones musulmanas. Estoy tumbado en mi cama, una voz masculina está recitando con mucha energía, los primeros cinco minutos no le das apenas importancia, pero es que lleva media hora hablando y hablando con el micrófono. Para que quien lea esto se haga una idea del tono de voz, me acaban de llamar por teléfono y, con las ventanas cerradas de la habitación, no me podía hacer escuchar por el amigo.

Vivir en un noveno tiene mucho privilegios, como la panoràmica desde el salón de tu casa a toda la ciudad, terminando en las piràmides. Sin embargo, uno piensa que la polución acústica no le alcanzará, pero no, equivocado está. Como cada madrugada, exactamente a diez minutos para las cinco, la oración del almuezín de la mezquita de debajo de casa comienza. Durante el tiempo que dura es imposible dormir (en mi caso), el primer día abrí los ojos con la percepción de que el mensaje iba en exclusiva para mí, ya que sentí que alguien me cantaba al oído.

Ahora, hay un nuevo sonido en mis amaneceres, y es el cacareo de algunos gallos, sí sí, estoy en medio de una gran urbe, pero hay una granja, ¿dónde?.

Se puede hablar de la existencia de diversos “Cairos” desde diferentes puntos de vista, el que más me llama la atención es aquel que sólo puede ver quien vive en lo alto de algún edificio. Es uno al que te enfrentas cada vez que vas a tender la ropa en el balcón, el de las azoteas de los edificios.

A mi izquierda comienza “la granja”, al principio era muy gracioso y simpático ver aquello, decenas de pollós por ahí corriendo y una señora dándoles de comer, pero claro, como para todos en la vida, el tiempo no para, y aquellos poñuelos ahora son hermosos y robustos, y bueno, no sólo eso, su voz ahora es potente y se hacen oír. Continúando la vista hacia la derecha hay un cuarto de baño sin puerta en medio de una gran terraza en el que el wc da de frente a mi balcón, y bien, se ve todo, absolutamente todo lo que en esos escasos par de metros cuadrados pasa.

¿Qué más? En otra azotea hay un arcaico parque para niños, es increíble porque nadie parece tener pánico al ver que cuando su hijo se columpia, sus pies rozan la barandilla que se posa sobre un quinto piso.

En otra de tantas terrazas, cada tarde se sientan tres hombres con el tradicional pañuelo blanco en la cabeza, colocado de un modo muy estudiado, ahí están durante horas fumando shi-sha, en el mismo lugar exacto y en la misma posición siempre.

Pero lo mejor de todo esto es el atardecer, porque todas estas historias se entremezclan cuando el sol se pone, y cada día es diferente porque  no sabes a priori el color que tendrá hoy el cielo, puede ser una variedad de tonos salmón, o naranja, o amarillo, tal vez ningún color definido,… todo depende del grado de polución del día. No sé por qué, pero el sol aquí está tremendamente más obeso que en cualquier otro lugar que visité. ¿Lo mejor? La escena al terminar el día, todas las terrazas debajo en un primer plano, las pequeñas piràmides sobre ellas y el sol posándose detrás, al tiempo que grupos de pájaros alineados de modo perfecto, en forma de flecha, dan dinamismo a la escena.

Parque infantil en el quinto.

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