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Las cinco en punto, el almuezín de abajo de casa que ya todos conocéis comienza la oración. Tras tres días de tremendo frío (bueno, aquí en Cairo, nada a ver con Europa ahora), un viento terrible con la visita de una de las tormenta de arena, añadiendo que sólo llueve dos veces en todo el año y lo que ello repercute en el ambiente, hace que estos días uno acabe algo tocado.

Hoy, por fin, hacía un día para pasear por la ciudad, bueno, en realidad nunca hay día para pasear, dejémoslo en caminar. La adrenalina que uno descarga al cruzar las anárquicas carreteras no tiene precio , todo se equilibra después en algún rincón idílico de la ciudad. Estaba yo esta mañana atravesando uno de los puentes que cruzan el Nilo hacia la isla de Zamalek, el bestial río estaba tranquilo, los veinte metros de altura que me separan de él hacen que sea aun más impresionante la vista.

He llegado a mi barrio, una pequeña callejuela en el barrio de Dokki, en cuanto entras a esta zona parece que estás en otro país; los coches pasan a un segundo plano, abundan los caballos y burros cargando frutas desde un carro, el hombre de las patatas dulces con su horno en el carro, y todo tópico (positivos, obvio) que se tiene de un país árabe están ahí metidos. Hoy decidí callejear también por ahí, pero duró poco mi travesía, en cuanto entré en un callejón, caminé un poco y aparecieron dos camellos ahí sentados. Y esto no es algo habitual en la ciudad, pero ahí estaban comiendo tan felices, lástima que no llevaba la cámara, estaba bonita la escena, regresaré…

Me ha llamado el dueño del piso, para que regresara a mi casa porque en cinco minutos iría el técnico. Han pasado cinco horas, ¿ha ido a vuestra casa? aquí estoy esperándole…

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