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Muchos pensadores hablan de que estamos en una fase en la que el modernismo quedó arcaico, ahora se añade un prefijo y hablan del “postmodernismo”. Marxismo, funcionalismo,… sea cual sea la perspectiva, todos hablan en algún momento del problema de la desigualdad. Palabras complicadas que cuesta memorizar pero que, en definitiva, de nada sirven. Pero es que, cuando convives con ella, con la miseria, la diferencia de clases en el día a día y demás, te das cuentas que hoy en día hay ideas muy bonitas, pero puramente utópicas. Me da igual saber dónde se encuentran esas palabrejas que tanto gustan a los intelectuales, como estructuras, factores, etc etc etc La pobreza extrema cada día va en aumento al igual que la buena calidad de “la clase media”.

Bueno, vuelvo a la tierra contanto que, cada mañana, cuando salgo a la calle, lo primero que percibo es la cantidad brutal de vehículos y, después, cuando he evitado ser atropellado un par de veces, y otro par han sonado diferentes claxones de coches dirigidos en exclusiva a mí, empiezo a relajarme y a percibir el entorno, es en ese momento en el que se mezclan dos paísajes opuestos, primero el comentado, el de lo urbano, y el segundo es una escena hermosa que linda con lo medieval, y esto es los carros de los vendedores de frutas que están en cada esquina del Cairo. Suelen ser hombres los que están vendiendo. Algo se me hace muy curioso, y es que pase a la hora que pase del día, siempre está el mismo hombre vendiendo, con su carro exactamente situado en el mismo lugar que el día anterior, y nunca falla su saludo, no importa si pasas tres, cinco o veinte veces en un día, el saludo será con la misma intensidad. Normalmente tienen a su burro o caballo unido al carro, en otras ocasiones el hombre es quien estira del carro (obviamente cuando esto es así el tamaño de la mercancía es menor).

Desgraciadamente, hoy he presenciado algo nada insólito en la ciudad en el puesto de uno de los vendedores de guayabas. Comienzan gritos en la calle, todos dirigimos la mirada hacia el mismo lugar, un hombre de unos 40 años está muy alterado dirigiéndose a una mujer que viste de negro, con hiyyab, y un bebé en brazos. Otros dos hombres se unen contra la señora, y uno de ellos le estira con intensidad del pañuelo que lleva en la cabeza, sin quitárselo, la mujer está intimidada e intenta huir, pero a cada paso que da, sea la dirección que sea, uno de los hombres se lo impide. Al parecer la mujer había robado algo a uno de los vendedores. Por supuesto, en niño en brazos llorando.Cada vez más personas se unían a mirar el “espectáculo”, sólo faltaban las palomitas, porque de veras, había gente que parecía disfrutar. Pero bien, yo, al igual que muchos, hemos decidido desaparecer.

Tal vez el primer párrafo del post de hoy nada tenga a ver con lo desarrollado, o tal vez sí, no lo sé, pero es que uno piensa, y ve tanto lujo en una ciudad como el Cairo y, al mismo tiempo, mucha más decadencia en el otro extremo, sin una frontera que haga de media de todo, y uno no puede evitar pensar ello. Cairo es una ciudad en la que el concepto de capitalismo salvaje está materializado en cada esquina, en todos los ámbitos de su significado: humano, medioambiental, social,… El plástico no está ausente, las bolsas abundan, compras un paquete diminuto de cualquier cosa y te ponen como mínimo una bolsa de plástico, compras una naranja, otra bolsa, y así. Después, uno ve movimientos sociales para concienciar a la ciudadanía de la importancia del medio ambiente, algo muy importante, estoy de acuerdo, pero… no sé, me pregunto si acaso es esencial explicar a los tres hermanos, de unos diez años de edad, que están sentados en el suelo del metro del barrio de Dokki cada día, vendiendo pañuelos, la importancia de reducir el CO2, o la señora que robó comida esta mañana con su bebé en brazos.

¿La verdad? no entiendo nada de nada. Ni Marx, ni Durkheim, ni Weber, me quedo con el personaje estrella de Quino, Mafalda, cuando pide que paren el mundo porque se quiere bajar.

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