Home

Es temprano, salgo a la calle rodeado de esa humedad que se mezcla con toneladas de polución que permanece en las calles cada mañana hasta que el sol empieza a dar fuerte.

He agarrado el metro. Está concurrido como siempre en las horas punta. El vagón exclusivo para mujeres es el más cómodo porque no va tan lleno de personas, a veces dan ganas de ponerse un pañuelo en la cabeza y hacerse pasar por dama para no ir cual lata de sardinas en el vagón mixto (en el que el 90% suele ser varón).

El olor a “fruta tropical” lo podéis imaginar (por supuesto, estoy empleando un eufemismo), por las calles hace frío (obviamente no al estilo europeo, pero refresca). Así que todos van abrigados, pero al llegar al metro, como flor en forma de capullo que sale al exterior, empiezan a quitarse las prendas. y claro, los olores son variados, ya sabéis, a pura “humanidad”.

Pero bien,  lo más interesante es que en Egipto se utilizan mucho los perfumes, muchísimas personas los usan, son increíbles y de calidad. El olor es hermoso, los hay de todos tipos: frutales, flores,… me apasiona el de olor a jazmín. De verdad que al olfatearlo da la sensación de encontrarte en un jardín propio del periodo del Andalus.

Cuando caminas y alguien se te cruza en el camino, es habitual que tras su paso gires la cabeza para volver a mirarle, no sé por qué exactamente, pero es que el olor que su perfume desprende llama muchísimo la atención, es como si diera un golpe a tus sentidos.

Volviendo al metro y habiendo contado brevemente algo sobre los perfumes, pido que el lector imagine la situación en el convoy añadiendo que la mayor parte de personas van cargados de ese líquido perfumado al estilo Cleopatra. Todos de pie, es imposible sacar algo de tus bolsillos por lo presionado que uno va en el vagón. Y claro, el aire no se mueve, los olores van permaneciendo, el ambiente empieza a ser bastante cargado.

Anuncios