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Estaba expectante por ver el nuevo Egipto de vuelta a la normalidad. Exceptuando que a partir de media noche sería imposible salir a la calle por el famoso “toque de queda”.

Cuál fue mi sorpresa al encontrarme en una fiesta de cumpleaños y ver que las doce de la noche se aproximaban. Absolutamente nadie se inmutó. Unas dos horas después salimos a la calle en busca del taxi y, claro, dependiendo del lado de la ciudad en el que vivas pues te será más sencillo o complicado llegar, pero siempre se alcanzará el destino. El problema lo teníamos los que estamos viviendo en el otro lado del Nilo, algunos puentes están bloqueados en esas horas, pero siempre hay alguno por el que circular.
Subimos al taxi y el primer control militar aparece, algunos coches están siendo registrados y otros pasando ante la mirada fija de un militar comiéndose un sándwich de “fool” (la salsa de habas que alguna vez comenté). Nada fuera de lo habitual comparado con cualquier otro país del mundo. Así que llegada a destino y directo a la cama.

Me fui hace ya un par de meses a mi casa, a mi país, por lo que iba a ser en principio “unos días”, dejando mi piso y compañeros hasta lo que no iba a demorar más de dos semanitas. Dejé todo minuciosamente colocado,  mi pequeño cerdo de la suerte en la mesita estratégicamente situado, mi ropa interior en el cajón bien doblada, mis apuntes de meses de clases de árabe en la carpeta, aquella postal que un día de inspiración me dio por comprar, unos pantalones viejos en el armario de esos que te han acompañado en alguna excitante travesía, el libro que empecé hace tiempo y no acabé, mi cámara fotográfica y su memoria llena, camisetas,… ¡todo!

Ahora llego y aquello pasó a la historia. En uno de los días de revolución cairota yo me encontraba en mi tierra, recibí la noticia de que la casa en la que yo vivía era abandonada ipso facto por mis compañeros de piso. Un amigo se tomó la molestia de coger la mayoría de mi enseres de valor. Así que agarró en bolsas como pudo todos mis bártulos importantes. Eran días de caos y confusión, anarquía, recopiló lo más importante de mi casa en cinco minutos. Hoy me encontré con ellas, bolsas y bolsas de plástico, cartón, y tela, formando una especie de súper albóndiga a presión de lo que se podría decir es gran parte de mi vida.

Bueno, estoy sin casa pero con ese pedazo de mi vida recuperada gracias al compañero. Todos los amigos extranjeros se volvieron a sus países y en mi caso la gran mayoría ya no han regresado, con lo que ocupar sofás estos días que estoy aquí se ha descartado. Ahora me encuentro en la recepción de un hotel en el que soy el único huésped. En pleno centro, siempre concurrido de foráneos, ahora está sin ellos. La recepción es cuadrada, se compone de varios sofás de color gris. Todo está oscuro, dos focos de luz dura aparecen en toda la sala. Una es la de mi portátil dándome directo a la cara, la otra, unas lámparas enfocando la mesa de recepción y el empleado dormido. A mi izquierda, a escasos dos metros está el de seguridad al lado de la puerta de control de metales, está roncando. Escucho un sonido intermitente de modo constante desde hace un buen rato, creo que es un aire acondicionado de fondo, pero el sonido más grave es el de mi constante tecleado.

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