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A principios de febrero, al escribir sobre la despedida de un puerco llamado Mubarak os hablé y mostré una imagen de  Nada, una joven que deambula por el centro del Cairo vendiendo sus paquetes de pañuelos de papel.

Hoy, sin ser un día especialmente frío, la piel sentía esa sutil sensación de humedad que provoca nuestra propia mente cuando se está a la sombra y se sabe que si cruzas el muro que te protege el sol daría directo. Mientras fumaba shisha en una de las calles peatonales del centro alguien me tocó el hombro izquierdo, mi sorpresa vino al girar la cabeza y encontrarme meses después con Nada, mucho más delgada y alta. Ha sido interesante, iba y venía como siempre por todas las mesas, a ratos regresaba y nos preguntaba qué hacíamos. Sigue haciendo exactamente lo mismo que meses atrás, ni un cambio.

A pesar de su corta edad tiene una mirada segura, acompañada de una sonrisa pícara, de experta, de esas personas de las que uno siente que es imposible engañar.
El casual encuentro me ha dejado en “shock“.

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