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Cualquier asunto que tenga relación con visados, pasaporte,… debe ser tratado en el edificio marrón grisáceo que se encuentra en la plaza de Tahrir, Mogamma. En la entrada hay varios detectores de metales a los que los empleados hacen caso omiso cada vez que emiten el sonido de alarma. Eso sí, cualquier bulto pasa por el escáner.

Una vez dentro hay una entrada amplia, no muy iluminado, con tonos de marrón oscuro y negro, hay mucha gente de un lado para otro y una gran y eterna fila que, al principio, no se tiene idea de su función, pero tarde o temprano ahí se acabarà.

Se suben las escaleras de palacio con alguna que otra grieta que hacen que más de uno bese el suelo, y se pasa otro pequeño control, se camina por eternos pasillos repletos de policía y, finalmente, una sala larguísima con decenas de pequeñas ventanillas color marrón a la izquierda y grupos de personas amontonados de modo anárquico en cada una de ellas. Unas son para residentes, otras para refugiados, permiso de trabajo, visas,… Esta última es la que me correspondía. Tras una hora intentando alcanzar entre cabezas a la funcionaria de mi ventanilla, me pide una fotocopia de los visados anteriores, así que directo a la primera planta a hacer la famosa fila del inicio de la historia. Una cola más o menos ordenada en la que pasas 30 minutos, sometido a empujones de personas que actúan cual topos, hasta que logras llegar a la empleada que está metida en una especie de gran caja grisácea, se queda tu pasaporte, pagas y esperas a que la compañera con una mesa llena de pasaportes a rebosar fotocopie el tuyo. Pensar que por un descuido va a desaparecer el tuyo es inevitable.

Vuelves arriba, a tu “ventanilla”, ya cansado, con calor, sudando, gran cantidad de humo por la gente que fuma sin parar, personas que se cuelan sin dudarlo, una mujer con niqab que deja sus ideales y te roza sin pensarlo para llegar antes a la funcionaria, la típica chica europea con todos los accesorios necesarios para mostrar al mundo el cartel de “¡soy hippie y feminista!”, además, como en toda historia, no puede evitar entrar a escena la típica chica con ese toque despeinado, guapa, soberbia e idiota, que estás convencido de que es italiana o española, y que lanza suspiros de indignación cuando inevitablemente le rozas por los empujones que recibes.

Al otro lado, en el de los trabajadores, un ecosistema de megaburocracia se desarrolla. Muchísimos funcionarios, la mayoría mujeres, con hiyyab, están sentadas en mesas haciendo literalmente “nada”, con los brazos cruzados, alguna se dan una cabezadita, otras, en cambio, con montones de carpetas sin parar, agobiadas y estresadas. Las sillas son de madera, antiguas y nada cómodas.

Una vez las alcanzas te dicen que vayas a otra ventanilla y pagues el sello del visado. Claro, otra vez el mismo proceso que anteriormente tocó vivir. Las piernas empiezan a temblar al ver a lo lejos las decenas de cabezas con las que habrá que competir en la “ordenada fila”. Una vez más el mismo proceso; calor, humo, agobio, la hippie, la italiana imbécil,etc Aquí viene lo interesante, recomiendo a todo aquel que vaya al Cairo que visite a la funcionaria de la sección de “stamps”. Es regordeta, con el hiyyab bien ceñido a la estructura perfectamente redonda de su cabeza, tiene unos 60 años, sus gafas son gruesas tal cual como se dice en España “gafas de culo de vaso” (literalmente así). Además, el efecto lupa invertido hacen que parezca que sus ojos son inversamente proporcionales a su cráneo. Es increíblemente antipática con los que ahí vamos a pedir los sellos y encantadora con sus compañeros.

El Mogamma, en Tahrir / Mángel Sevilla. Cairo

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