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Un bochorno endiablado ha aterrizado en Cairo desde ayer. Uf, insoportable. Ese ardor denso que en ocasiones sientes sutilmente que el aire que aspiras va a empezar a hervir de aquí a poco en tu interior. Además, eso no es todo, unos mosquitos bien hermosos, de los que hambre pasan poca, rondan por aquí. Es gracioso porque al sentir un picor en la cara mi mano fue directa al punto donde aprecié el pequeño pinchazo, me olvidé del momento a los minutos y seguí en la computadora, pero resulta que al cruzarme con la persona que por aquí trabaja me preguntó asombrado por qué tenía el ojo llorando sangre. Me miré al espejo y vi que había cometido un homocidio con el pobre mosquito y un baño de sangre  había sido dejado por la parte inferior de mis ojeras. Nunca imaginé un mosquito con tanta capacidad de almacenaje.

Cairo sigue tranquilo (pero como digo siempre, a años luz de como era antes de enero), con el pequeño matiz de las espontáneas manifestaciones independientes que a diario aparecen en diferentes puntos de la ciudad y por motivos variados.

Lo que, desgraciadamente, empieza a ser habitual y va in crescendo es el aumento de breves conflictos entre la ciudadanía. Una de las cuatro peleas que vi hoy me sorprendió especialmente, porque dos hombres comenzaron a  discutir desde sus coches en medio de un profundo atasco, uno insultó al otro, bajan del coche, continúan los agravios, una mano se escapa a la cara del otro y, la siguiente escena, uno corriendo detrás del hombre con un rostro de pánico, al tiempo que intenta protegerse entre los coches. Este pequeño espectáculo estaba siendo visto por muchas personas (el centro de la ciudad en hora punta), lo más interesante es que había dos policías junto a mí, impasibles, asistiendo el show como si en el cine se encontraran.

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