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Un día más de la semana estaba sentado con unos amigos en una de las terrazas del centro. Había mucha gente, ya no quedaban más de esas sillas y mesas de plástico que siempre hay en esta zona de bares.

Los amables niños que venden pañuelos de papel y piden algo para comer parece que tienen su lugar asignado, no salen nunca de los metros cuadrados en los que a diario se les ve, cada cual tiene su grupo de mesas y sillas para “trabajar”, y no se distancian de ellas.

El simpático Hassan tiene cinco años, una mirada despierta y los característicos ojazos no proporcionados con el cráneo de todos a su edad. Habla y habla sin parar, llama la atención su honrradez, porque, enojado, cuando alguien le ofrece dinero sin más, él le da los paquetes de pañuelos en proporción a las libras que le ofrecieron, si el “cliente” no los acepta, Hassan devuelve las monedas acompañado de un “no quiero limosna”.

La gente en Egipto está bastante concienciada con la desigualdad y es extraño ver discriminación hacia las personas con menos oportunidades. Sin embargo, a veces aparece algún desagradable que, impasible, está comiendo un sándwich frente a algún niño, cuando éste se le aproxima a pedirle por ejemplo leche, el hombre responde agresivo, rudo, con la mano alzada ordenando que desaparezca. En fin…

En este entorno de personas y algún puerco difuminados por el humo de centenares de shishas y escasa iluminación, suele reinar la tranquilidad (dentro de las peculiaridades de la cultura egipcia, es decir, gritos y ruido nunca desaparecen, pero en comparación a lo que es habitual está relajado el ambiente,  al tiempo que muy enérgico).

Tras esta introducción puedo contar lo que a continuación sucedió. Tras algo más de dos horas ahí acomodado, uno de los amigos sentado a mi lado se levantó junto a mí para ir a pagar. Tras pasados 15 segundos de estar en pie habiendo dejado la silla atrás, se escucha un duro, potente e impetuoso grito del camarero que está mirando la copa del altísimo árbol que sobrevuela parte de las terraza, en un segundo un tronco de unos dos metros y medio de longitud rodeado de ramas cae al vacío sobre las personas. El pujante sonido de los vidrios de vasos y shishas rompiéndose, gente gritando y el arrastre de las sillas para levantarse rápido duró escasos tres segundos.

En general no hubo daños físicos, pero sí un buen susto y algunos rasguños de unas cinco personas, pero nada grave. Lo que no me pasó indiferente fue que, parte del tronco, cayó en los dos asientos en los que poco antes mi compañero y yo habíamos estado. Es interesante que a pesar de estar todos los clientes hacinados, el tronco cayó estratégicamente sin dar a nadie en la cabeza, la casualidad fue brutal.

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