Home

Tuve que ir a pasar el día a una ciudad que se encuentra a tres horas del Cairo, en autobús. La ida fue bien. Lo interesante fue el regreso, se hizo tarde y me quedé sin autobuses para regresar al Cairo. Así que fui al plan B, es decir, tomar uno de las decenas de microbuses blancos que hay en todo el país. No tienen un horario fijo, tú vas y buscas uno que vaya al mismo destino que tú, entonces subes y debes esperar hasta que se llene, una vez completo comienza su marcha. Es más barato que el autobús, además mucho más rápido porque debido a su tamaño compacto se introduce a mitad de carretera entre camiones, obstáculos,… ajeno a cualquier cordura vial. Vas sentado a presión, hacinado, con todo tipo de personas, es interesante. Por supuesto no tienen aire acondicionado, y el aroma que a veces se respira es… digamos… antropológicamente interesante.

Bueno, pues tras haber descrito el microbús, diré que no regresé en él, sino en algo peor. Cuando fui a la estación que están todos los micro color blanco esperando a viajeros para completar los coches, ninguno de los ahí presente se dirigía al Cairo. Pero sí un coche arcaico, no sé qué modelo exacto, pero era un Mercedes de aquellos de museo, en los que la chapa está tan picada que no sabrías definir el color, así como un marrón oscuro amarilleado.

Bueno, yo fui el último pasajero en subir. Cuando me abrieron la puerta para sumarme al equipo y ver el reducido espacio en el que debía pasar las próximas horas hasta llegar a Cairo (teniendo en cuenta mi metro noventa de altura), provocó que me cuestionara ir caminando. Entré en un pequeño recobeco en el que reinaba un aire espeso, bien caldeado y un sutil aroma a orina combinado con olor a humedad. El viaje comenzó, yo estaba sentado entre un señor de unos setenta años que no gesticulaba nada, callado, con la mirada fija al infinito, a mi izquierda, y a mí derecha una puerta que temblequeaba sin cesar. El conductor tenía una lamparita en la parte delantera con una luz roja cual club nocturno que de vez en cuando enfocaba al hombre sentado junto a mí.

A los olores anteriormente descritos, uno nuevo devino, un aroma a pescado que no sé de dónde salió porque acaeció cuando llevábamos 30 minutos de travesía.

Mi mano fue poco a poco intentando alcanzar la manivela para abrir la ventana pero, al lograr alcanzarla, y pretender hacerla girar, pues se quedó en mis manos. Yo estaba tenso porque no quería que nadie descubriera que “supuestamente” yo lo rompí. Un conductor tomando pipas, fumando, con cara de pocos amigos, a una velocidad desorbitada y haciéndonos ver la vida pasar delante de nuestros ojos cada cinco minutos…

Había bebido mucha agua a lo largo del día, ahora mis riñones precisaban ser vaciados y yo no aguantaba más. Me puse a cantar en mi interior, a contar ovejitas, pensar qué hacer los próximos 20 años de mi vida,… ¡todo! De repente, alguien parece que escuchó mis plegarias y, en la oscuridad de algún lugar de Egipto camino de Cairo, el coche paró de un frenazo poco sutil. La espesura de la noche daba pavor pero, justo donde estacionó, había un foco de luz sobre un árbol que enfocaba a tres personas mayores con sus turbantes en la fría noche, una mesita con vasos y un pequeño calentador. Era la estación de servicio.

Abrí la puerta y la presión del interior del vehículo (peor que el camarote de los Hermanos Marx) me sacó de un golpe seco al exterior. En ese momento volví a sentir que tenía piernas y mi circulación sanguínea volvió a la normalidad. Lo más interesante fue el baño, había que introducirse en el opaco ambiente alejado de la lucecita del “bar”. Pero valió la pena.

Había olvidado el cóctel aromático del coche cuando hubo que entrar de nuevo para continuar la travesía… Subí, y continué el viaje. La ventaja es que fue dos horas la vuelta a casa y no tres como duró el mismo trayecto por la mañana. Llegada a Cairo y directo al hogar…

Anuncios