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Calle de Imbeba / Mángel Sevilla. Cairo.

Imbeba es un barrio humilde de la periferia cairota, está prácticamente unido a la ciudad, a orillas del Nilo, junto al adinerado barrio de Mohandessen. Desde este último acabo de trasladarme y llegado por lo que serán unos días en la nueva zona.

Hace unas semanas se hizo famoso Imbeba por el enfrentamiento entre un grupo de salafistas y cristianos que terminó con la quema de una iglesia. A pesar de ese caso puntual que los medios se encargaron de expandir como si de una guerra civil se tratara (no pretendo insinuar que no sea importante, pero no para repartir ese nivel de terror que se acometió), en términos generales la zona es segura, sin embargo no deja de ser el patio trasero de una parte de la ciudad que recibe la peor parte de un sistema socioeconómico con infinitas grietas.

Interior de un tuk-tuk / Mángel Sevilla. Cairo.

La calle principal de barrio, perpendicular al Nilo, es Talaat Harb, en cuanto entras en ella vas dejando el río a tu espalda y te introduces en un espacio diferente a la metrópoli que uno creía conocer. Abundan los “tuk-tuk“, un pequeño vehículo de tres ruedas negro y amarillo con función de taxi para pequeños recorridos en el interior de Imbeba. La capacidad es para tres personas en la parte trasera (pero he llegado a ver hasta siete cuerpos hacinados), además, en el respaldo hay un altavoz a tamaño XXL con música constante, elementos decorativos de todo tipo (desde Súperman hasta adhesivos religiosos) y lucecitas de colores por la noche.

Se aprecia un entorno más conservador en comparación al resto de ciudad, ellas más tapadas y colores más discretos (esto no quiere decir veladas, que las hay, pero también cristianas sin cubrir), y entre ellos abundan los trajes tradicionales unido a largas barbas acabadas en punta. Sin embargo, esto no es una generalidad, tan sólo una tímida observación de un novato en la zona.

Tuk-tuk en Imbeba / Mángel Sevilla. Cairo.

Por las mañanas las mujeres hacen “la compra”, que consiste en salir al balcón y lanzar al vacío, de modo sigiloso, una cesta de mimbre atada a una cuerda. Una vez toca tierra se encuentra con varias opciones que, dependiendo de las relaciones previas que se hayan establecido con los diferentes establecimientos y kioskos, llenarán el canasto. También, está siempre en el suelo la misma mujer vestida de negro vendiendo hortalizas frescas saturadas de colores vivarachos, a escasos metros un hombre inmóvil junto a su burro que carga una montaña de sandías, otro igual frente a él pero con patatas, etc. Lo único que da dinamismo a esta escena es un tercer asno que transporta una cordillera de chatarra junto al dueño sentado sobre ella con micrófono en mano anunciando su llegada.

Imbeba tiene un aire a la película  Aladdín, obviamente con diferencias, pero la esencia del largometraje que se compone de diversas gamas de marrón y amarillo, junto a las personas, tiendas, animales (aquí no hay camellos), todo hace que mi presencia rompa la armonía del lugar.

En ese entorno arropado de tradiciones, gente amable, conservadurismo, áreas humildes, etc aparece una pareja de bailarines profesionales en los primeros puestos a nivel nacional de Egipto, Ahmed y Ana, egipcio y española, viviendo en esa calle descrita en la que llueven cestas por las mañanas. En una rígida puerta de metal situada junto a un pequeño kiosko está el portal de ellos, en el que al subir las estrechas escaleras, viendo una puerta por planta -en una de ellas siempre hay una media de seis pares de zapatos cuidadosamente colocados-, por fin se alcanza el hogar en el tercer piso.

Al abrir la puerta, un choque a los sentidos hace volar y caer de golpe en un ecosistema de fantasía y surrealismo materializado en un salón. Un cóctel en el que se mezclan elementos de Alicia en el País de las Maravillas, con verdes sofás vintage de los ochenta, unas paredes son la simplificación de una lata de CocaCola, otras un código de barras con curvas, el suelo un ajedrez, y cada vez que el peludo gato blanco provoca con sus pasos el sonido de su cascabel parece que va a iniciar un discurso. Lo único que evita el olvido de estar en Egipto dentro de este sibaritismo es el aroma de la shisha recién preparada.

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