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Un viernes más asistí a la concentración de Plaza Tahrir, en esta ocasión el número de personas por la noche era más notorio que en el resto de semanas. Y es que el calor que estos días abraza El Cairo es fuerte, pero mucho más desmotivante es saber que esto es el principio, todavía queda el mes de agosto.

Tiendas de campaña en Plaza Tahrir / Mángel Sevilla. El Cairo

Voluntarios de diversas organizaciones son los encargados de llevar a cabo el exhaustivo control de todo aquel que entra y sale del recinto. Una de las entradas está junto al Museo de El Cairo, otra a orillas del Nilo, etc. Siempre, en cada punto de seguridad, hay una zona de acceso para mujeres y otra para hombres. Detenerse y observar el lado de ellas es muy interesante, ahí se aprecian los contrastes, desde una chica tapando con poca tela su cuerpo hasta su extremo, con niqab. Lo curioso son los elementos que son custodiados en la puerta para después ser devueltos a la salida: objetos puntiagudos y metálicos, spray de defensa personal y, el más llamativo que está causando furor entre las mujeres después de la revolución, un pequeño aparato para producir descargas eléctricas.

Una ciudad iluminada por una luna llena hermosa, una plaza rodeada de contrastes de diferentes formas y colores: el majestuoso museo de El Cairo, el deprimente Mogamma, la mezquita de Omar Makram, el Kentucky, palmeras altísimas, la estructura neoislámica de la Universidad Americana de El Cairo, etc. Hay zonas en las que pequeñas tiendas de campaña -con capacidad para tres o cuatro personas- se encuentran una al lado de la otra. Han estado durmiendo toda la última semana, pero el agotamiento empieza a estar presente y parece que, poco a poco, se está dejando de hacer.

Un concierto comienza, la gente se une a dar palmas, una ola de optimismo parece cubrir la pacífica manifestación, el ambiente es mucho menos tenso que en las anteriores.

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