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Un silencio y brisa impagable en mitad de una oscuridad en la que el único foco para poder ver algo es el que la luz de la luna proporciona. El paso del caballo es constante, no para, y tras media hora de camino ante un escenario monótono entre dunas yendo arriba y abajo y una luna que no termina de definirse como llena o no, se aprecia algo a medida que se va alcanzando la cima de la montaña de arena, sea lo que sea su tono es más oscuro que el del opaco cielo. Al principio parece una mancha gigante, hay que esperar varios segundos hasta que la vista se adapte a ese nuevo elemento que, de repente, aparece en esa noche por el desierto en la que no se tiene ningún aparato que ilumine, en pocos segundos se distingue una monstruosidad con forma triangular, la punta de una de las tres grandes pirámides de Guiza está ofreciendo su presencia, aumenta de tamaño a medida que se sube la cordillera de arena. En un inicio uno piensa que es el cielo que en esa parte tiene una tonalidad más oscura, pero poco a poco la luna va dejando entrever que se está ante una colosal construcción con forma triangular, una de las maravillas del mundo. Uno siente ser una hormiga, es ineludible sentirse minúsculo ante tanta extensión virgen y monumentales obras de arte.

Tan sólo se escuchan los pasos del caballo, un silencio ajeno a la polución acústica a la que uno se somete a diario en la ciudad. Uno se siente muy mal tan sólo con imaginar la idea de interrumpir ese momento diciendo cualquier palabra, un momento mágico que recuerda a novelas y diarios de viajes del periodo colonial en el que antropólogos iban en busca de nuevas sociedades.

Tras un día caluroso y estresante en El Cairo, encontrarse con la compañía de un par de amigos subiendo y bajando las crestas de las exorbitantes dunas dejando a la derecha la silueta que la luz de la luna permite de las tres pirámides es fabuloso. Es inevitable trasladarse en el tiempo a pesar de que en el extremo opuesto se vislumbra la metrópoli, sabes que la ciudad está próxima, en el horizonte, pero tu pañuelo en el cuello que a ratos decides colocar al estilo las mil y una noches para evitar los golpes de los granitos de arena, te hace sentir que estás dentro de un cuento.

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