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Sólo es posible caminar por el Sinaí con un beduino como guía / Mángel Sevilla. Sinaí.

Tras un par de horas de viaje a media noche, desde la costa este de la península del Sinaí y haber pasado varios controles militares, dejando las carreteras asfaltadas atrás y yendo por caminos, el vehículo conducido por dos beduinos se detiene en una espesa oscuridad  en la que todos bajamos todos del coche excepto los dos conductores.

Un hombre está esperando ahí, lleva en la cabeza el turbante tradicional de la zona, y el traje todo blanco. Explica brevemente que se conecten las linternas y que debemos ir a un paso constante durante las próximas horas de travesía hasta alcanzar la cima del monte Sinaí.

La oscuridad es espesa, no se puede ver más allá de un metro a la redonda, el suelo inestable, saturado de piedras y tierra. El cansancio y el sueño en la madrugada está presente a medida que pasan las horas y se está más próximo de la cima, unido al frío que va in crescendo sin freno. A mitad de camino, entre la oscuridad, aparece una pequeña bombilla que ilumina un pequeño puesto de venta de té y cosas para comer (chocolatinas, galletas,…), en medio de la absoluta nada, camellos van rondando por ahí, es usual oír y sentir la presencia de algo a tu lado y, tras enfocar con la linterna, percatarse de la presencia de un dromedario.

El cielo en este lugar es fantástico y el más nítido que, personalmente, tuve la oportunidad de presenciar en mi vida. Miles de estrellas de todos los tamaños, da la sensación de estar en el universo y sentir la cercanía y lejanía de unas estrellas sobre otras.

Puesta de sol sobre el monte Sinaí / Mángel Sevilla. Sinaí.

Las horas pasan y el cuerpo está exhausto. Avisan de que, finalmente, tan sólo falta el pedazo rocoso más inclinado para terminar el viaje, aquí venden mantas e infusiones calientes, el frío es terrorífico. Se alcanza la ermita situada en la cima, pero todavía no se es consciente de la amplitud del lugar en el que uno está. Hay que esperar un par de horas hasta que amanezca para percatarse del lugar en el que se está, los cuatro amigos nos hemos juntado en un pequeño rincón, tiritando, nos damos calor mutuamente y esperamos que el amanecer llegue. Por fin estamos en la cima, a unos dos kilómetros y medio de altura, en tierra bíblica, donde Moisés recibió los Diez Mandamientos.

El sol empieza a salir, las horas que uno pasó por la noche caminando valieron la pena. El lugar es maravilloso, el agotamiento, frío y sensación de sueño pasan a un segundo plano por momentos. Justo en el inicio del amanecer mi amiga resbala y cae, un esguince en su pie la deja sin posibilidad de continuar la bajada que, en breve, deberá realizarse para evitar las altas e insoportable temperaturas del lugar. Los beduinos enseguida ofrecen su ayuda, la solución encontrada por éstos es la de llamar a  “la ambulancia”, y así es, llegó, un gran camello que llevó a lo largo de la mañana a la compañera hacia abajo.

La experiencia con los beduinos fabulosa, personas amables y hospitalarias, con una calidad humana excelente. Tienen una lengua propia, un dialecto del árabe que los propios egipcios no comprenden, viven en las montañas.

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