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El mes de febrero ha comenzado con más de siete decenas de muertos en el estadio de fútbol de la ciudad egipcia de Port Said. La tranquila localidad partida por el famoso canal de Suez ha sido protagonista de una carnicería humana -otra más- entre ciudadanos que nada tienen que ver con conflictos sociales.

Hoy, un día después, las ambulancias no dejan de sonar en El Cairo junto a un sutil aroma a gas lacrimógeno que alcanza cada rincón de la ciudad. Grupos impresionantes de personas están manifestándose en el centro de la capital pidiendo justicia por los hechos que, a simple vista, parece que fueron causados por radicales -los ultras- de los diferentes equipos de fútbol. Sin embargo, algo raro sucede, en el momento de comenzar la multitudinaria pelea en el campo de Port Said las luces de todo el estadio -casualmente- fueron apagadas, de modo que todo aquel que se encontraba dentro del recinto tan solo escuchaba gritos de lucha, una auténtica pelea entre ciegos.

Exactamente igual que meses atrás, las máscaras protectoras de gas -desde las simples de tela hasta las más sofisticadas- cuelgan del cuello de todo aquel que se une a reclamar justicia por lo sucedido ayer.

Hoy, un día después, numerosos detenidos han señalado que fueron pagados para organizar la contienda. ¿Quién les pagó? ¿por qué? ¿con qué fin?. No se sabe. La única evidencia es que, tanto policías como militares, permanecieron tranquilos e impasibles mientras niños, padres de familia y jóvenes que asistían a ver a sus ídolos eran apaleados.

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