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Cafetería en el centro / Mángel Sevilla. El Cairo

Con aroma a shisha, la tradicional cafetería egipcia escondida entre callejuelas  tiene un único tema de conversación: Port Said hace tres días.

Entre la algarabía de voces de egipcios cargando una mascarilla protectora que cuelga del cuello, sonidos de vasos de cristal al chocar sobre la mesa, ambulancias de fondo que ya nadie siente, gritos que dicen “ualá-á” (es el carbón que se añade a la pipa de agua) para continuar fumando y algún grito espontáneo, hay tres amigos de mediana edad hablando de forma enérgica. Uno de ellos estaba en el estadio de Port Said cuando murieron 74 personas anteayer, su voz es potente y segura, cuenta que no tiene la menor duda de que personas fueron pagadas para cometer esos asesinatos, sicarios, sin duda.

“Los bandidos empezaron a lanzar  personas al vacío, señala al tiempo que gesticula con fuerza, refiriéndose a la parte trasera de las gradas desde donde los matones agarraban a gente para tirarlas desde una altura de cuatro o cinco pisos.

Poco después, de casualidad, encontramos algunos amigos sentados en una cafetería próxima, están exhaustos, comentan con fuerza lo que media hora atrás han vivido. Se encontraban en la calle próxima al Ministerio del Interior, todo estaba tranquilo hasta que, de repente, la policía lanzó varios cócteles de gases lacrimógenos. La marabunta humana  acompañada de gritos y empujones no se  hizo esperar, al tiempo que la respiración iba cortándose y provocando parálisis en algunas partes del cuerpo, unido a la sensación de quemazón en las fosas nasales y esófago. Una ha perdido un zapato, otro la mochila, otro ambas cosas y alguno también ha ganado fuertes heridas.

Manifestantes en una calle de El Cairo / Mángel Sevilla. El Cairo

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