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Esa fina tela que toda amapola tiene hasta que una abeja aterriza por primera vez y la destruye, puede condicionar en gran medida la vida de una mujer en Egipto (para mentes poco abstractas especificaré que me estoy refiriendo al himen). Y es que esa parte natural que toda mujer posee tiene una relación estrecha con un sistema social nítidamente guiado por la figura del varón.

Una conocida fue al ginecólogo para una revisión rutinaria y, minutos antes de entrar a la consulta del médico y tras espetar ¡uy! casi me olvido, sacó de su monedero un anillo y se lo colocó en el dedo. Preguntarle el porqué era inevitable, y todavía más sabiendo que se trata de una egipcia totalmente liberal (de hecho tiene una pareja que es igual a ella), así que respondió con naturalidad contando que puede ser realmente desagradable entrar en la consulta del doctor siendo una mujer no casada y con una vida sexual plena. Así que para evitar comentarios desagradables, miradas o gestos humillantes, el simple hecho de ponerse un anillo de casada hará desaparecer esa angustiosa situación.

Hasta ese momento nunca había pensado en ese instante que mis amigas egipcias “impuras” (entendiendo las que llevan una vida sexual como cualquier otra mujer joven occidental) deben vivir cada vez que visitan al que es especialista en ellas. Uno se preguntará ¿por qué no van a la ginecólogA?, yo también me lo cuestioné, por ello le planteé esta duda a un amigo médico y, según me explicó, el departamento de ginecología de su universidad estaba formado por un 95% de hombres, no sabe explicar el porqué, no obstante reconoce que es difícil (no imposible) encontrar en Egipto a mujeres especialistas en este área de la medicina.

A todo esto recuerdo a una amiga española que una vez necesitó un médico en El Cairo por un problema en sus partes íntimas, en aquella ocasión ella prefirió que fuera mujer quien le atendiera y un conocido encontró una ginecóloga. Al entrar, elementos religiosos abrazaban cada rincón de la consulta y con el libro sagrado en la mesa la especialista frenaba con cara de disgusto (y lanzando la mano al aire como si quisiera espetar un “ya basta”) cada intento de la paciente por expresarse utilizando gestos (la joven no hablaba bien el idioma) para intentar hacer comprender a la profesional el problema que hubo cuando se encontraba con su novio. La joven pasó unos minutos angustiosos, sintió por primera vez en su vida una sensación extraña, como si hubiera  hecho algo vomitivo y repugnante con su pareja.

Tan solo son dos pequeños ejemplos que he tenido la oportunidad de conocer, de dos mujeres “libres” y jóvenes independientes sin dependencia familiar. Imaginar cómo será la vida de jóvenes tradicionales que han tenido pareja y relaciones íntimas con ellos y, un día, éste decide acabar con todo antes del matrimonio, es lamentable.

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