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Por la mañana sales temprano de casa y, tras unos diez minutos caminando escuchando música, algo blando y amorfo -con un aroma exactamente opuesto al jazmín- está debajo de la suela del zapato. Podría ser de un perro, pero no, el tamaño es mayor y un par de dromedarios se encuentran próximos. ¿Cómo es posible? Estamos en la ciudad, en un barrio como cualquier otro de Madrid, Buenos Aires o Atenas. El día continúa, cruzas a pie uno de los puentes sobre el Nilo, jóvenes egipcios saludan y dan la bienvenida al país al tiempo que piden realizar fotos con el extranjero a través de sus celulares, la calidez humana hace que la anécdota de la mañana pase al olvido. Subes a un taxi y el conductor, esta vez cristiano, cuenta con disgusto la actualidad política del país, el avance de los radicales islámicos no gustan a los seguidores de Cristo -por razones obvias- ni a muchos musulmanes. Tanta plática hace estar sediento y frenar frente a una de las miles de zumerías de la ciudad es inevitable, un gigante jugo natural, combinado de zanahoria y caña de azúcar, por el equivalente a 34 céntimos de euro acompaña al dueño del local y a sus tres amigos que realizan el típico cuestionario que se hace a diario a un extranjero (creo que está en la Constitución del país), la primera pregunta es ¿cuál es tu religión?, por muy ateo, agnóstico o seguidor de otra religión ajena al trío monoteísta que se sea siempre hay que responder católico o musulmán o judío, cualquier otra respuesta provocará un pesado debate muy aburrido (las veinte primeras ocasiones es interesante, después de lo mismo ya no), al terminar la primera fase le sigue ¿estás casado?. Aquí lo mejor es responder negativo, porque la amabilidad egipcia hace que cualquier vanidoso se sienta en el paraíso al al verse obligado a responder sobre el porqué de la soltería “siendo un hombre tan guapo” -siempre dicen guapo, no hay otro adjetivo-.

Rápidamente, intentas ser puntual con los encuentros programados -imposible-, tanta conversación provoca que el tiempo sea fugaz. Con los amigos cercanos terminas el día en un bar de la calle, en un entorno difuminado por el humo de decenas de shishas, la sombra que proporciona una morera gigante resulta agradable hasta que una brisa crea una lluvia de moras como nunca antes se vio. Caminas hacia el encuentro de otros amigos, una moto con un hombre tiene el control de la máquina y cuatro niños pequeños se encuentran entre él y la esposa -ella lleva el rostro cubierto, con niqab-, los ojos de él se van hacia la minifalda de una joven egipcia muy atractiva que se cruza en ese momento. Al subir al taxi -esta vez el conductor es musulmán- un discurso en árabe ensordecedor  acompaña todo el viaje, escucha algo de carácter religioso, a primera vista no hay dudas de su filiación al salafismo, lleva barba y un morado en el centro de la frente -debido a tanto rezar, al colocar su cabeza contra el suelo-. A través de la ventanilla un paisaje de conservadurismo y modernidad va pasando de modo aleatorio: mujeres escotadas con largas melenas que bailan con el viento, velos islámico de todos los colores, féminas que no muestran ni los ojos, escaparates de tiendas de lencería erótica, locales de venta de niqab, etc. Los amigos están en el bar, todos ellos narran cualquier anécdota del día, una llegó a su casa y, en el portal, se encontró con una vaca, otra cuenta que el vecino vino a proponerle matrimonio con su hijo, y otro que llegó a su apartamento y encontró a la dueña dentro de la casa inspeccionando su armario.
Como dijo una amiga, la familiaridad con este surrealismo hace que nuestras caras al escuchar cualquier anécdota sea la misma que tenemos al preguntar a alguien si prefiere macarrones o espaguetis para comer.

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