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Hoy me encontraba en la fila de una de esas grandes cadenas de supermercados en Ciudad del Cabo, y de repente algunos movimientos bruscos han hecho que todos miráramos hacia un mismo punto. El responsable del supermercado ha tomado del brazo a un hombre de unos treinta años y, de forma estricta pero muy humana, le ha llevado a un rincón de la sala y comenzado a hablar con él. Minutos después el “detenido” saca de su jersey una lata de comida junto a una bolsa de algo –parecen macarrones-. Sin realizar ningún movimiento -más que el del brazo para sacar los productos de alimentación básicos que se había introducido dentro de la ropa- le caen lágrimas que se dejaban entrever a la altura de su mandíbula, es lo que la gorra que le tapa el rostro permite ver.

Me ha sorprendido la dulzura con la que el encargado de la tienda habla al joven en todo momento, incluso le ha dado un delicado golpe de afecto en el hombro y, finalmente, le ha permitido irse. Al parecer, como me comentaron después en el trabajo, ese es el día a día del supermercado que se encuentra en esa zona en la que no abunda la cadena de hoteles Hilton, por ejemplo.

Siempre hay alguien que nos produce agonía, y aquí no podía ser menos, hombres y mujeres en las filas de la caja permitiéndose el lujo de opinar con una bestialidad que me ha dejado atónico, tratando al joven de verdadero delincuente –acompañado de unas miradas destructoras-. Desde cualquier punto de vista es cierto que ha robado, pero no era caviar, ni una langosta, ni siquiera un filete de ternera, eran elementos básicos de comida, y también entiendo que el encargado no pueda regalárselo porque al cabo del mes su sueldo estaría en negativo, no sé cuál es la solución, pero es inevitable sentirse mal al ver al joven con la cabeza agachada, sin hablar pero con muestras evidentes de que no disfruta “robando”.

Hoy estoy enfadado con el mundo.

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