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Tras unos tres cuartos de hora de viaje en coche entre paisajes que recuerdan al largometraje de Parque Jurásico se aprecian grandes extensiones de un verde intenso. Son los kilométricos viñedos que abrazan la pequeña ciudad llamada Stellenbosch.

Grandes factorías de vino han sido convertidas en acogedores hoteles que ofrecen la posibilidad de pasar el fin de semana en un ambiente tranquilo y saludable (bueno, esto último es relativo, no se puede caminar sin ver botellas de vino en cada rincón). No soy fan del vino, en absoluto, sin embargo en Sudáfrica cada semana mi organismo goza de de más cantidad de vino de lo que acostumbraba antes de venir, el blanco lo tolero, el vino tinto en absoluto, pero ya que me encontraba en un lugar privilegiado  desde donde se exportan toneladas de este alcohol milenario, no podía negarme. Así pues, primero uno tinto con aroma de cereza, continúa el que posee un sutil toque de chocolate, otro flores de no sé qué y le sigue el de hojas de tampoco sé qué. ¿Conclusión? No soy un buen catador de vinos, absolutamente todos me saben igual, no lo disfruto como el resto de personas que saborea y olfatea la copa como si de un mineral precioso se tratara. No solo en este momento, sino siempre, mi felicidad está en disfrutar un vaso de agua.

El lugar es fantástico, los macro almacenes de barriles que esperan que el vino fermente es realmente impresionante, todo dentro de un antiguo caserón muy bien conservado entre un mar de viñedos, lagos y montañas.

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