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Vivir en el extranjero y recibir la visita de un buen amigo siempre es bueno, recuerdas viejos tiempos, ríes, peleas, bromeas, nuevos códigos entran a formar parte para siempre entre ambos, el tiempo pasa realmente rápido, sientes la necesidad de mostrarle todas tus vivencias y experiencias en tan solo una semana, etc. Es fantástica esa sensación, pero el día de partir llega en algún momento, no lo tomas realmente en serio y te ríes cada vez que se hace mención al tema, incluso le acompañas al aeropuerto, te despides con risas y bromeas mencionando anécdotas del viaje.

Pero llegas a casa, y esos recuerdos intensos de tantos días continúan existiendo, pero en la mente, su olor, puedes escuchar sus comentarios en tu cabeza y recuerdas como en un cómic audiovisual todas las escenas del viaje. No estás triste, ni deprimido, es una sensación rara, tan solo han pasado 10 minutos desde que le dejaste ir. Camino de casa te das cuenta de lo afortunado que eres de tener buenos amigos, vivir en esta ciudad fantástica con paradisíacos paisajes naturales en cada rincón, montañas que abrazan la metrópoli, nubes ancladas en las cordilleras, manadas de pájaros, el mar,…

El deporte nos fortalece el cuerpo y leer un buen libro mantiene nuestra mente activa. ¿Y para el alma? Pararse en mitad de la calle y observar, disfrutar ese atardecer, su brisa, su color, su olor,… Hoy extraño varias cosas, así que me he comprado flores, más barato y fructífero que antidepresivos.

“Sien jou binnekort” (hasta pronto en Afrikans)

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