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Carretera de la costa en Ciudad del Cabo / Mángel Sevilla

La arena está helada, pero nada comparado con la sensación glacial que se tiene al meter los pies por primera vez en el mar sudafricano. Realmente un frío intenso a pesar del soleado y caluroso día que hace.

Volvíamos a casa después de un día en las afueras de la ciudad y, en un tono relajado, la conductora ha dicho “si no os importa estacionaré el coche cinco minutos y me bañaré”, en mitad de la kilométrica carretera que bordea la montañosa costa capetoniana.

Playa espontánea a orillas de la carretera / Mángel Sevilla

A los pies de inmensas montañas rocosas colapsadas de verde un pequeño camino lleva a la orilla del mar, una playa desierta con olas de uno o dos metros que avanzan rápido y sin deshacerse. Aunque el agua estuviera templado no nadaría, tengo la extraña peculiaridad de tener fobia al tiburón blanco, y es mi primera vez en tomar contacto directo con el mar en esta parte del mundo. Los sudafricanos insisten en señalar que NO hay que preocuparse por ellos porque “están en otras playas”.

Montañas a orillas de la playa / Mángel Sevilla

He entrado poco a poco en el interior del océano hasta la altura de mi cintura, pero la entusiasmada agua gélida no me permite estar más de un par de minutos, así que me conformo con bañar mis pies. De repente, entre las olas, la silueta de un animal ha aparecido un instante y se ha ido de nuevo, a los pocos segundos, en la cresta de la ola el salto de una foca me ha dejado de piedra, una y otra vez el mamífero estaba gozando de su propio estilo de surf, maravilloso. Pero por si no fuera poco, minutos después de ver a uno de mis animales preferidos, no muy lejos de la costa, el salto de una espontánea ballena me ha quitado el aliento, uf, hermoso.

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