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Caminaba bien temprano por el centro de Ciudad del Cabo, próximo a una frutería inmensa. Frente a mí, un hombre con ropa limpia pero vieja y rota, con zapatos que muestran algún dedo, él es negro, está caminando y, ocultándose algunas lágrimas busca en el interior de una papelera, con inseguridad y timidez pero con movimientos bruscos, hasta encontrar un tomate. Lo mira, lo limpia, lo vuelve a observar y se lo introduce en su mochila.

En ese mismo momento, a pocos metros tras él, un joven alto y blanco, elegante con un toque muy juvenil y casual que está con sus audífonos escuchando música, camina con seguridad en una zona de la ciudad poco “tranquila”. El joven desentona en ese escenario, en esas avenidas sucias y personas “peligrosas” que por ahí deambulan -como toda la clase media capetoniana señala día tras día-. El joven pasa de largo, parece ignorar al hombre que se metió el tomate en su maleta, pero, tras cinco metros caminando firme y seguro se vuelve atrás, mira al hombre, se aproxima a él con una sonrisa que acompaña a un cálido buenos días, y le ofrece uno de sus dos kilos de uvas.

Me gustó esa escena de hoy.

Pero horas después te encuentras en una acalorada conversación en la que algunas personas están ofuscadas con la idea de que, en su luna de miel, un hotel de 5 estrellas se equivocara y pusiera dos camas gigantes en su suite en lugar de una…

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