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Estación de tren / Mángel Sevilla. Ciudad del Cabo, Sudáfrica

Estación de tren / Mángel Sevilla. Ciudad del Cabo, Sudáfrica

Estoy sentado en el tren, mucha gente hablando y caras muy serias, soy el único blanco. Pañuelos con colores muy vivos en las cabezas de ellas, mayoría mujeres, el 90% con problemas aparentes de obesidad. A mi lado una mujer, seria, una mano reposa encima de la otra sobre el bolso que está en sus rodillas, además una bolsa grande entre sus dos pies. Viene una chica bajita, de unos 30 años, vestida elegante con un toque moderno, va toda ella de marrón, es negra y rubia con el pelo rizado, se abrazan como si llevaran siglos sin verse, hablan en idioma Xhosa. En su eufórico abrazo me golpean con fuerza, pero automáticamente piden disculpas. Yo estoy mirando a la nada, al vacío, pensando en mi día, de repente una de ellas grita con fuerza una frase, la otra le sigue cantando otra serie de palabras y, a continuación, un grupo de cinco, seis y siete mujeres de alrededor siguen entonando, un tarareo intenso al que sigue todo el vagón. Voces femeninas, potentes y enérgicas comienzan a cantar con una euforia y alegría que hace que todo el vello se enaltezca.

Cierran los ojos, se evaden de la realidad por un momento. Una señora me llama especialmente la atención, viste muy sencilla, muy limpia y bien aseada, la ropa tiene más de un cosido y  está muy concentrada cantando, irradia una energía que se muestra confidente y segura, da la sensación de ver a alguien que está actuando en Broadway. Ella mira al vacío, parece querer mostrar algo a su pequeño de unos 8 ó 9 años (que está rezagado agarrándose a la falda de ella), él mira boquiabierto a la madre que, firme en su posición mientras canta, traga saliva y chasquea los dedos preparándose para el estribillo que vuelve a resonar. Acaricia la cabeza al pequeño, le mira, sonríe y, tras una potente inspiración de aire, vuelve al escenario. No puedo escuchar la voz de ella en particular porque hay otras 40 mujeres espontáneas uniéndose al coro, pero lo que ella irradia es fascinante.Todo el tiempo resuena la palabra “uno t´ando” en la canción, significa AMOR.

Lamentablemente, debo apearme del vagón porque legué a mi destino. Bajo, se cierran las puertas, y el fantástico canto sigue resonando y decayendo a medida que el tren se aleja.

Tras ser un asiduo al teatro y a la Ópera, hasta ahora, nunca sentí la energía del canto como en ese vagón de tercera clase de un tren cualquiera de Sudáfrica, saturado de grafitis.

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