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Aventuras y experiencias enriquecedoras en diferentes países han marcado mi vida los últimos años: Latinoamérica, cruzar Oriente Medio e ir de un extremo de África al otro; de Alejandría a Ciudad del Cabo.

Es fantástico volver a ese lugar que te ha visto nacer, una isla mediterránea de aguas cristalinas, gastronomía vibrante y cultura milenaria, Ibiza. Ves a tu gente, amistades, recorres calles históricas que nunca apreciaste hasta que tal persona en México te narró lo histórico de tu ciudad o vuelves a comer aquello que pensabas cotidiano y baladí pero que, en realidad, una conocida del norte de África te contó que eso que saboreabas de niño a diario y sin emoción era, en realidad, una mezcla histórica de influencias mediterráneas de batallas, luchas y solidaridad entre imperios.

Ibiza / Mángel Sevilla

Ibiza / Mángel Sevilla

Cuando has estado unos años lejos de casa comiendo manzanas de estética espectacular y sabor a plástico, es entonces cuando valoras aquellas naranjas ibicencas recién cogidas, con ese aroma que permanece en el coche todo el día. O la sandía dulce y jugosa que un amigo de la familia te ha traído de su pequeño huerto y partes con una piedra cualquiera, afilada, debajo de un almendro que, en primavera, estará en flor y parecerá nevado. Ese pan de pueblo recién salido del horno de piedra, al que acompaña aceite de oliva del norte de Ibiza, bien espeso y fuerte, con un poco (o mucho, para los no hipertensos) de sal gruesa, de aquella de Ses Salines. ¿Y esa sobrasada que cuelga de la despensa?, “pinchemos un pedazo en una rama y hagamos una pequeña hoguera para que se caliente“,  típica frase que se escucha. Unas empanadas de carne con guisantes recién hechas, con una masa deshecha en el paladar, también coca de pimiento y una copita de vino de pueblo, pequeña, pero de la que se repite.

El paseo diario por la playa, apreciando el bestial atardecer que funde mar y montañas, unido al compás de la luna que ilumina Dalt Vila, ese castillo que abraza parte de la ciudad antigua.

2.600 años de antigüedad tiene el pequeño poblado fenicio por el que paseas el domingo y dejas a tu espalda abrazado por una inmensa pinada, para ver ante ti acantilados con leves olas que chocan en rocas que cortan la respiración.

Se hace de noche, no hay prisa, ni estrés, no es Sao Paulo ni Johannesburgo, las probabilidades de acabar con algo afilado apuntando a tu riñón son prácticamente nulas. Parece absurdo, pero me sentía extraño a la vuelta, llevaba mucho tiempo sin pasear tranquilamente con mi mochila una vez el sol se va. Volver a caminar en la tranquilidad de una isla mediterránea es fantástico, un paraíso.

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