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A través de mi experiencia en Ibiza, quiero mostrar un ejemplo de corrupción en la oferta de empleo público dentro del ámbito administrativo local de España. Mientras tengo la suerte de trabajar en proyectos freelance apliqué a una oferta pública de un ayuntamiento local. La intención no era otra que ver el proceso nítido y limpio de un sistema burocrático en el que no hay corrupción ni amiguismos y en el que, hasta hace una semana, yo creía que así era. Según se ha dicho siempre, las plazas públicas por concurso en España son una especie de farsa y trama corrupta para colocar a los amigos en determinados puestos laborales de la administración, yo no quería pensar eso, siempre he defendido que esas cosas aquí no existían, es más, se me llenaba la boca de orgullo cada vez que pisaba cualquier país del mundo y podía contarlo, porque estamos en Europa. En estas plazas públicas españolas se entra mediante un concurso en el que tus méritos son valorados para, a posteriori, obtener una puntuación y competir entre quienes más puntos cosechan, de ahí saldrán los elegidos. Lamentablemente, esto no es del todo cierto, si bien seleccionan a los que más puntuación alcanzan, en el paso final, la entrevista, ya se tiene previsto de antemano algunos de los elegidos (quiero pensar que no el 100%). Mi experiencia comenzó así: Unos días antes de Navidad salían publicadas 5 plazas para licenciados en un área relacionada con la cultura, una convocatoría que cerraba el día 2 de enero, unas fechas “mega ideales” para abrir una convocatoria pública, porque te aseguras de que, prácticamente nadie, se entere de las vacantes, además, para quien sí vea el anuncio, tendrá que reunir documentos administrativos en un mes plagado de días festivos. Es una fecha “súper” cómoda. Bueno, a pesar de nochebuena, Navidad, festivo del día 26 de diciembre en las Islas Baleares, nochevieja y año Nuevo, pude entregar todos los documentos a tiempo. Ya en la entrega algo olía a coliflor al horno, resulta que una de las personas que aplicaba estaba en la recepción del ayuntamiento insistiendo con la funcionaria en algo, y era en que no le cobrara determinada tasa porque había hablado con no se sabe quién, un amigo suyo, que le dijo que no pagara las tasas. La funcionaria (por la que hay que quitarse el sombrero) se negó a tal acto corrupto, pero el joven insistió y fue a hablar con otra persona de la administración. Lo que de ahí después sucediera yo no lo sé, solo tengo certeza de que el joven salió muy feliz después. Bueno, es un detalle sin importancia, continúo. El otro día recibí una llamada, resulta que yo era una de las diez personas con mayor puntuación que había solicitado una de las cinco plazas, y me telefonearon para concertar una entrevista en dos días. Si no fuera porque desde el inicio sospeché de forma clara que todo es una interpretación teatral, habría estado feliz y alegre, pero no, estaba neutro, con incertidumbre de cómo se realizan estas obras de interpretación de Broadway para legitimar corrupción y mediocridad a la española dentro del ámbito local. Llegó el día de la entrevista. Yo, guapo y arreglado, fui y me encontré con el resto de personas que optaban a una de las 5 plazas, analicé uno a uno cada perfil. Sinceramente, desde la más absoluta subjetividad inicial, era más que evidente que más de un candidato sabía de antemano que había sido elegido, pero era solo mi opinión hasta que llegó la confirmación: una persona salió de la entrevista e, intentando disimular, agarró a otra de las candidatas del brazo mostrando una enorme confianza y la llevó a un rincón, acto seguido, de forma LITERAL dijo: “El lunes ya nos vemos en XXXXXXXXX” (lugar en el que se desarrollará el trabajo) “te recojo y vamos juntas en nuestro primer día tía, ¿no?”. Silencio en mi interior. El acúfeno que tengo desde hace un mes durante 24 horas diarias unido al sonido del bombeo de mi sangre pararon de repente. Lo único que me apetecía era decir algo así como “Hola cerdas, ¿podríais, al menos, intentar al 100% evitar que nadie os esté escuchando? Gracias tías”. En fin, llegó mi turno y entré a la entrevista, un par de psicólogas con típicas preguntas Háblanos de ti y ¿Qué nos puedes aportar?. ¿Sabéis esa sensación de cuando alguien muestra que está muy interesado en saber sobre ti pero que, en realidad, es evidente que no le importa lo más mínimo? pues eso mismo fue. Por ejemplo, un requisito sine qua non era hablar catalán y, en ningún momento, me pidieron prueba del mismo, nada. Y así con otros muchos requisitos, estaba clarísimo que ya habían seleccionado a cinco de los diez de antemano. Estaba atónito, se estaban riendo en la cara de cientos de candidatos que, con ilusión, aplicaron para una de las cinco plazas públicas. O sea, de forma resumida: – Algunos organismos públicos abren las convocatorias de plazas públicas (como la ley exige) en fechas que, ni Dios (literal), estará presente. – Seleccionan a los que más puntuación tienen, en el presente ejemplo al doble de candidatos por plaza convocada, es decir, en este caso entrevistaron a diez personas para cinco plazas. – Una entrevista personal puntuable en la que NUNCA se podrá demostrar si tuviste mayor o menor cualificación que el resto de seleccionados, de forma que sin llamar la atención aquel que lo desee podría legitimar el enchufe (tener rosca, en Colombia; tener palancas, en México). Desde un principio estaba claro que la convocatoria no era muy limpia, sutiles detalles confirmaron la sospecha. Cada día tengo más claro que España está hecha a imagen y semejanza de la mediocridad. Puedes tener seis idiomas, un par de másteres y años de experiencia laboral específica para el puesto que solicitas y, de verdad, ser seleccionado, es cierto. Sin embargo, entras en el proceso de selección de un porcentaje reducido de las plazas convocadas (digamos el 20%), el otro ochenta es para los que son amiguitos de “El Paco” o de “La Lola”, nombres a los que, por supuesto, acompaña el artículo. Podrás decir “es tu opinión”, pero esto que he visto con mis ojos lo había escuchado tantas veces tiempo atrás… Y que no venga nadie alegando que esto pasa más en un partido político que en otro, porque la mezquindad no tiene ideología.

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