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Después de vivir en el extranjero una larga temporada y regresar a casa, una extraña sensación invade el organismo. Estás feliz de regresar a casa, la comida de tu abuela, tu ambiente, tu clima, cosas banales sin importancia que siempre hiciste se convierten, de repente, en sensaciones placenteras que nada podría pagar. La llegada es muy bonita, preciosa, sin embargo, tras unos días, empiezas a observar, indagar, y percatarte de que hay diferencias.

Tú has evolucionado por un camino, aquellos dogmas incuestionables que tenías en mente se han modificado y ampliado pero, en cambio, ves que aquí todo está igual y, lo que no, ha crecido por otro camino distinto del tuyo. No terminas de encontrar tu sitio. Aquellos encuentros esporádicos con amigos, el paseo por la playa de las 5:00PM, aquellas llamadas de horas de duración siempre a la misma hora, la cita semanal para ir al centro a perder el tiempo caminando, el mercadillo de los miércoles, etc. Rutinas que guardabas en tu memoria han desaparecido, pero en tu mente siguen intactas, aquellos son los últimos recuerdos frescos que quedan de lo que fue tu hogar, sin embargo, los que aquí quedaron tienen esas memorias en segundo plano, han perdido protagonismo por los recuerdos más recientes de su día a día en este ambiente.

Cuesta encontrar tu espacio, los amigos te quieren igual -incluso más-, sin embargo, la idealización del lugar ha hecho que pensáramos que aquel sitio en el que vivimos durante años permanecería intacto. Pero no, ha cambiado, nuevos dilemas, proyectos y objetivos rondan por la mente de nuestros amigos. Los ves desde fuera, los observas, parecen muy diferentes, pero no, lo estructural sigue intacto, hay quien no evolucionó mentalmente, quedó igual. La amiga que siempre se lamenta de su pareja, lo sigue haciendo de los nuevos romances que vive, quien odia su vida y prometió hace años cambiarla sigue igual, sin una sola modificación relevante, aquella gordita que prometió hacer más ejercicio sigue llorando en el sofá, quien juró dejar los vicios los ha aumentado, quien se prometió ahorrar para hacer su primer viaje por Asia sigue sin haberse movido y comprándose los últimos modelos de celulares y tecnología,…

Una sensación extraña invade el cuerpo, la ignorancia del entorno deja estupefacto a cualquiera, allá donde un par de años atrás había bosque y playa ahora lucen horrorosos edificios sin estilo, cuando comentas que esto es horrible para el entorno, te responden “pero da empleo” (a continuación suspiras para evitar lanzarte por un acantilado, la mediocridad es insoportable).

No sabes describir bien qué te pasa, por qué te sientes perdido en el lugar que te ha visto crecer. Hablas con algún amigo -de aquellos que siguen aquí y que nunca han querido distanciarse de su entorno por una temporada- y te dice “qué exagerado” o “no es para tanto”. Pero sí, lo es, es una sensación de indignación al ver pasividad y aceptación de una realidad que nos come por dentro. Los primeros días la ilusión del retorno a casa no permite sentir todo esto, pero los días pasan, las semanas, y vas volviendo, poco a poco, a sentir algo en tu interior, a pensar que el lugar al que perteneces es hermoso pero solo para pasar una temporada, tanto tiempo fuera te ha hecho diferente, ni mejor ni peor, simplemente distinto. Aquellas conversaciones de escasos veinte minutos con viajeros en otras partes del globo y que, por alguna razón, se convierten en conexiones eternas son cosas que no se pueden explicar si no las vives, es curioso, pero es así, la gente viajera tiene algo en común que me falta vocabulario para definir.

Aquellos trotamundos que lean esto estoy convencido se sentirán identificados.

Publicado por  en 2012 

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