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Estoy pelando un huevo que acabo de hervir, apoyando mi codo izquierdo en una ventana cerrada que, sin tocarla, es evidente que el “fresquito” moscovita está presente hoy, y es intenso. De noche, entre árboles que abrazan los macroedificios de estilo soviético en los que estoy, sobresale el Nuevo Moscú, unos rascacielos modernos en los que, al irse el sol, un par de pantallas gigantes están sobre alguno de ellos, junto a intensas luces de colores. Mi silencio entre el huevo, la triste pero potente arquitectura rusa en primer plano y la súper moderna en segundo, se rompe ante la llegada de mi compañero, africano, cantando una canción de Bob Marley.

Nuevo Moscú desde Studencheskaya, MoscúPor fin llega una amiga, quiere aprender a hacer “huevos rellenos” y, por ello, he hervido y pelado unos cuantos. Ella lleva tres años en Rusia, en Moscú. Es de sangre latina, por lo que aprovecho para hacer mil preguntas sobre la cultura rusa, puesto que me entenderá mejor que nadie. Es curiosa su percepción, los pasos que narra los he vivido desde que llegué: sorpresa positiva del país, pasión, fase de shock y el “me quiero regresar a casa pero ya”, yo estaba en esta última, pero, como me ha comentado, dura escasos dos días tras los primeros días de frío intenso. Uf, qué alivio, pensé.

La rusa, es una cultura por explorar, para nada se asemeja a cualquiera de los millones de tópicos que todos hemos escuchado alguna vez: groseros, rudos, fríos, distantes, alcohólicos,… Señalar que es todo lo contrario. Sí es cierto que parece que por cada sonrisa les descuentan el salario mensual, cierto, pero amables, educados, cercanos, hospitalarios y muy cálidos.

Una amiga me dijo el otro día que los jóvenes rusos son “la versión seria de los latinos”, y es cierto, tienen su sentido del humor, su punto de dejadez y despreocupación a pesar de su extrema disciplina. Me está gustando, la verdad, aunque el choque cultural está presente, y no es pequeño. 

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