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Son las siete de la mañana en San Petersburgo, tras una noche en la que cuesta dormir porque las “noches blancas” están cerca de llegar a su esplendor y, la falta de costumbre, hace que tanta luz no den más que voluntad de reflexionar, en lugar de dormir.

Hoy son las elecciones Autonómicas y Municipales en España y no he podido votar, tampoco varias compañeras que viven en diferentes países de Europa, alguna más en las Américas, y un par en Asia… Esto no ha sido por anarquismo, en absoluto. Y es que cuando vas a determinadas embajadas a pedir información sobre cómo votar, las respuestas son múltiples, son “sorpresa”. Es decir, en una embajada en particular te responden un email vacío de contenido en el que un archivo adjunto con varios cientos de páginas te explica cómo votar por correo (sin responder a ninguna de las preguntas que planteabas en el correo electrónico previo), en otro caso te dicen que el cónsul está de vacaciones y no tienen información, en otra te comentan que pronto saldrán las fechas y, cuando vuelves a preguntar, te dicen que la convocatoria de voto para el extranjero está cerrada, en otros casos una burocracia tremenda te impide ir por el horario de tu trabajo que no va acorde con el de la embajada, etc. Todo esto, por supuesto, con comentarios impertinentes, secos y apáticos que, en ocasiones, rozan lo desagradable.

Pero, importante señalar, no en todos los casos es así, quiero pensar que en la mayoría de instituciones españolas en el extranjero, el ciudadano obtiene lo deseado de forma clara. Pero, lamentablemente, en mi caso me quedaré sin votar, no por dejadez ni vaguería, tampoco porque preferí irme a tomar unas cañas con los amigos o porque me olvidara de ello, no. No he votado porque mientras intentaba tramitar todo para ejercer mi derecho a voto me percaté de algo, y es que en determinadas embajadas españolas necesitas tener un doctorado en Ciencias Políticas y Administración Pública para poder votar, en un sistema arcaico y laberíntico que te lleva por caminos inútiles en los que no hay salida.

Yo, sinceramente, no hablaré de fantasmas ni manos negras, no. Pero hay un hecho claro, y es que ni yo, ni Alicia, ni Carlos, ni un largo etcétera de amigos hemos podido votar en unas elecciones que se prevén interesantes, debido a que las encuestas muestran que, por primera vez, las grandes opciones no combaten en un juego de suma cero. Ahora han surgido más opciones además de los tradiciones Partido Popular y Partido Socialista. Ambos, sin duda, son partidos que tuvieron importancia en fortalecer los pilares del sistema democrático español y su bienestar, sin embargo, también han sido protagonistas de su decadencia.

Han surgido opciones nuevas muy interesantes, partidos jóvenes con gran ilusión que tienen gran capacidad para recuperar lo perdido. Porque, no es posible que todavía se tengan en España a líderes políticos con más de 30 años en el servicio público, junto a su mujer, sus hijos, cuñados, hermanos y al panadero incluido.

Los líderes políticos españoles nos han acostumbrado a situarnos ideológicamente en un posición u otra, como si la realidad social fuera binomial; “¿eres pepero o socialista?”, típica pregunta en España en la que, al parecer, la respuesta ya le da al emisor una absoluta opinión sobre los millones de temas de los que la realidad social se compone. Las ideologías han pasado de moda y han servido para manejar a las masas de un lado a otro como una masa de pan. Para evitarlo hay que leer, reflexionar, ver,… No existe cultura política en España, el debate público está atestado de simplezas o discursos enrevesados sin sentido.

Cifras y ejemplos hay miles, pero tan solo con ver que más de 2.000 políticos están imputados por causas relacionadas con corrupción y que, de ellos, alrededor de 20 estén en la cárcel, ya me es suficiente para elegir a quién no votar. Y cuando eres víctima directa de uno de estos ejemplos, entonces, en ese momento, la rabia e indignación te lo dejan todavía más claro. No hay estimaciones exactas sobre el número de jóvenes que vivimos en el exilio económico, pero, por ejemplo, entre 2009 y 2013 alrededor de un cuarto de millón de españoles salimos de las fronteras huyendo de la pésima situación en la que el sistema nos ha expuesto.

 

 

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