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Así viví el primer gran terremoto de mi vida, el sexto de mayor intensidad en la historia de Chile.

Tras un día duro me encontraba en el salón de casa cuando empecé a sentir un sonido intenso, muy lejano, pero que daba sensación de estar aproximándose con velocidad. Pero no le di mucha importancia. Segundos después todo se ha movida y empezado a crujir con intensidad.

En un segundo la mente va eliminando posibilidades sobre lo que puede ser, hasta llego a pensar que me ha bajado la presión sanguínea. Pero no, “es un terremoto”, me comentan con la tranquilidad de quien te cuenta que se encontró con su prima Cristina yendo al supermercado. Mientras se escucha el tembleque de los vasos de vidrio, botellas de vino, madera de las puertas,…

En ese momento, con calma, rápido se sale del apartamento, se escucha a los vecinos haciendo lo mismo, todos bajando rápidamente (sin correr) intentando calmar a un par de niños. La intensidad va in crescendo en paralelo a ese estrés interno que pide salirte de esta calma forzada que mantienes, pero la cordura  gana.

El portero del edificio abrió la puerta de entrada. Al salir un grito firme “no vaya al centro de la calle, quédese aquí en la entrada”. No entendía el por qué, no pensaba en ningún otro riesgo, pero estaba equivocado. Al parecer está el peligro de que algún cristal se rompa y caiga abajo, así como algún árbol y cables eléctricos.

Mientras dura el terremoto, está de forma constante el sonido brutal de la tierra, teniendo conciencia de la potencia de la naturaleza. Además del ruido en forma de crujidos intensos de los edificios, de pesadilla. Minutos y horas después del movimiento llegan algunos temblores leves que provocan aún más tensión que los primeros, a pesar de ser minúsculos en comparación al primero.

Mis vecinos chilenos salieron del edificios en orden, sin embargo, en las conversaciones se habla del terremoto de 2010, uno de los más fuertes vividos en el país que logró que todo aquel chileno que nunca tuvo miedo a los movimientos de la tierra, por primera vez, lo tuviera, hasta el día de hoy.

Tras el terremoto hay una especie de silencio. Susurros que acaban en tono normal llenan las calles, opinando sobre las posibles réplicas que no tardan en regresar.

En ese momento no tienes conciencia de la intensidad a nivel nacional, así que haces uso de las herramientas de Social Media y enciendes la televisión o radio. Ipso facto aparecen impactantes imágenes de cómo ha sido el terremoto en el país, en tu ciudad, en tu barrio, y empiezas a escuchar las zonas que empiezan a ser evacuadas: Isla de Pascua y toda la costa. Finalmente han sido un millón de evacuados por amenaza de maremoto. Me sorprendió la imagen de ciudades de la costa, en donde los micrófonos anunciaban la situación de emergencia y hora estimada en la que el tsunami aparecerá, demandando a todos la evacuación.

Pero, lo más fuerte, ha sido la noticia sobre algunos supermercados (de la cadena WALMART) que han cerrado las puertas a los clientes que se encontraban DENTRO. ¿El motivo? al parecer para evitar saqueos como sucedió en el 2010. Pero que te priven de tu libertad mientras la tierra suena y tiembla, es criminal.

No sabía que una de las primeras cosas que hay que hacer es abrir las puertas principales de la casa. Una amiga no lo hizo y se quedó encerrada en su propia casa, los marcos de las puertas se desencajaron.

A más altura, mucho peor.

Amigos que viven en el piso número quince o veinte han sufrido aún más. Y es que a esa altura, el movimiento en paralelo del edificio varia en CINCO METRO A CADA LADO, por lo que los amigos que se encontraban ahí sintieron su edificio como hormigas en la cima de una gelatina, en un diámetro de 10 metros extra. Terrible.

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